(...) Bachir saltó del carro como un fantasma en la neblina, donde nadie distingue el contraste del blanco sobre blanco. Y entre él y yo, doscientos metros de arena lisa y seca forman marcas iguales al pelaje de una cebra, ahora puedo verlo rodeado de desierto.
Se apura hacia el verano, trae consigo un chivo y el frasco con la mezcla que le enseñó Hamid: aceitunas con limón y menta en aceite de oliva. Luego del saludo y de su oración de la tarde, nos sentamos a saborearlas y a despedir al último sol de esta calurosa primavera marroquí.
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